Permitámonos caminar de puntas en los límites de lo correcto, en las líneas delgadas que separan los cajones de una vida fragmentada. Coqueteemos con la muerte desde las cuerdas de una locura que nos palpita en el medio del pecho. Permitámonos ser eso que nadie sabe qué es, qué genera preguntas, que despierta curiosidades, permitámonos simplemente ser y también no ser. Como el océano que es apacible, estremecedor, voraz y atrevido al mismo tiempo, que como el aleteo de las mariposas sea tan delicado que no se perciba y tan fuerte que destruya corrientes de clima. En la palma de las manos y mis pies siento el frío constante, el viento que recorre cada centímetro de piel para chocarse, colisionar y envolver el calor de mi pecho que sube desde mis caderas. Todo en un mismo cuerpo que experimenta la levedad y el peso, el orden y el caos, el frío y el calor, el amor y el odio al mismo tiempo manteniéndose en ese borde, donde muevo mis caderas del lado a lado, juego con mi cabello y estiro los brazos como si las alas de los dragones se quedaran cortas para mi, entre los dos polos de una existencia que no quiere decidir sin haber latido lo suficiente. Coqueteo con los bordes insanos de lo estático y permanente que buscan congelarme.

Me balanceo sobre esa cuerda floja, colgando de cabeza, saltando entre los pasos, sintiendo a carcajadas con lágrimas de escarcha. Ardiendo desde mi centro que me permite estar y nada más que estar ahí. Y fue así, ardiendo, ardiendo entendí que a mis ojos nunca había caído ceniza, nunca se habían apagado, mis labios nunca se habían congelado. Ardiendo entendí que yo era inflamable y la candela se volvió mi compañera.

Texto y modelo: María Alejandra Grisales
Fotografía: Julián Rodríguez
Asistente: Sofía Rubio
Edición: Paula Castillo
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